sábado, 6 de octubre de 2007

Sólo palabras





No sé por qué, pero la mayoría de nosotros (seres humanos obviamente) tendemos a volver explícito aquello que por su naturaleza no debería serlo, y a metaforizar lo que simplemente carece de cualquier posibilidad de ser implícito. Es así como nacen las cursilerías amorosas y los clichés. Una confusión irremediable entre lo que debería ser dicho y lo que no necesita serlo.



Las palabras son demasiado polémicas para arrojarlas en cualquier contexto. Hay veces en que deberían llegar de cierta forma y lo hacen de la forma opuesta. Otras veces sólo... no llegan.
Se pelean entre ellas para poder salir, se basurean y se analizan a sí mismas buscando aquellos argumentos con los cuáles puedan jactarse de su superioridad y llegar así a oídos ajenos.
Aunque no siempre son tan violentas. A veces se resignan porque comprenden que ninguna de ellas es capaz de afectar al oyente en la manera en que lo desean, o temen los efectos secundarios que ellas mismas pueden ocasionar.
Las palabras son egoistas y autodestructivas. Las palabras se moldean a sí mismas, planifican su futuro y generalmente se desvían de él. Las palabras carecen de autocontrol y nos hacen creer que dependen de nosotros, pero sólo depende de ellas mismas. Provocan demencia, devoción y son incomprendidas. Se contradicen unas a otras y en este caos de fonemas y monemas reciclados, viven permanentemente bajo la más paradójica estabilidad.

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